Investigación zooarqueológica e isotópica internacional
Estudio en el Castillo de Huarmey revela el rol sagrado y estatus de élite del perro sin pelo en la cultura Wari
Una investigación internacional liderada por un equipo peruano-polaco ha transformado nuestra comprensión sobre el "viringo" o perro sin pelo peruano dentro de la cultura Wari. Tras analizar restos óseos y momificados hallados en el Castillo de Huarmey, los científicos determinaron que estos animales no eran simples mascotas, sino piezas clave del sistema social, económico y espiritual entre los años 600 y 1050 d.C. El estudio, publicado en la Revista de Arqueología Antropológica, confirma que estos canes gozaban de un estatus tan elevado que eran enterrados en rituales funerarios junto a la nobleza, consolidando su importancia como patrimonio cultural milenario desde mucho antes del imperio incaico.

Composición Radio La Tremenda
MIÉRCOLES, 22 DE ABRIL DE 2026
El Castillo de Huarmey, ubicado en la costa de Áncash, continúa consolidándose como uno de los yacimientos arqueológicos más importantes para entender el alcance de la cultura Wari. En esta ocasión, el foco de la ciencia no se ha puesto sobre el oro o la cerámica, sino sobre los restos de una especie que ha acompañado al hombre peruano por milenios: el perro sin pelo. El estudio titulado "Las múltiples vidas de las especies compañeras" ha logrado reconstruir las "biografías" de estos animales, revelando una relación de afecto y dependencia mutua que trasciende lo doméstico para entrar en el plano de lo sagrado.
Evidencias de una convivencia mística
La investigación, encabezada por especialistas como Milosz Giersz y Roberto Pimentel Nita, se basó en tres pruebas fundamentales encontradas en el complejo. La primera es iconográfica: una vasija que retrata fielmente la anatomía de un perro sin pelo. La segunda es de carácter indirecto, analizando las marcas de mordidas en huesos de camélidos que prueban su dieta y convivencia en el recinto. Sin embargo, la prueba reina son los restos óseos y momificados recuperados entre 2010 y 2025 en el Castillo de Huarmey.
Los arqueólogos descubrieron que los perros desempeñaban roles específicos según su crianza: algunos eran expertos cazadores, mientras que otros vivían en los aposentos de la nobleza. La presencia de cachorros enterrados junto a personajes de alto rango, como el "Maestro Cestero" o los guardianes de los mausoleos, demuestra que los Wari creían en la capacidad de estos canes para guiar y acompañar a sus dueños en el viaje hacia el más allá. Esta función psicopompa eleva al perro sin pelo a una categoría espiritual superior, diferenciándolo de cualquier otro animal de la época.
Ciencia y genética al servicio del patrimonio
Uno de los hallazgos más sorprendentes del estudio internacional fue la recuperación de dos ejemplares momificados naturalmente. Uno de ellos, un macho que vivió aproximadamente entre los años 688 y 870 d.C., presenta la ausencia de premolares, una característica genética distintiva de la raza pura del perro sin pelo peruano. El hecho de que algunos de estos cuerpos fueran decorados con cinabrio rojo —un pigmento reservado para contextos sagrados y de élite— confirma que el estatus de estos animales era excepcional.
Este análisis isotópico permitió además conocer la alimentación de los canes, revelando que muchos compartían la dieta proteica de sus dueños humanos, lo que refuerza la idea de una convivencia estrecha. Para los investigadores, estos hallazgos son vitales para proteger nuestro patrimonio cultural, ya que otorgan una base científica a la identidad del perro peruano como una raza que fue venerada y cuidada por las civilizaciones prehispánicas más complejas, como la cultura Wari.
En conclusión, los descubrimientos en el Castillo de Huarmey reescriben la historia de la fauna en el antiguo Perú. El perro sin pelo no solo fue un guardián de los hogares, sino un símbolo de prestigio, un aliado económico y un compañero espiritual. En este 2026, mientras la arqueología sigue desenterrando los secretos del Castillo de Huarmey, queda claro que la lealtad de este animal ha sido, desde hace más de 1,200 años, un pilar fundamental en la cosmovisión de nuestros antepasados, recordándonos que el respeto por la vida animal es una tradición profundamente arraigada en nuestras raíces más antiguas.
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